Para hombres

Riders (Bascule) Sarah Baker Perfumes

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Acordes principales

Descripción

Riders (Bascule) de Sarah Baker Perfumes es una fragancia de la familia olfativa Cuero para Hombres y Mujeres. Riders (Bascule) se lanzó en 2020. La Nariz detrás de esta fragrancia es Ashley Eden Kessler.

Resumen rápido

Cuándo llevarla (votos)

  • Invierno 19%
  • Primavera 27%
  • Verano 23%
  • Otoño 31%
  • Día 79%
  • Noche 21%

Notas clave

  • Salida Sin dato
  • Corazón Sin dato
  • Base Sin dato

Comunidad

149 votos

  • Positivo 78%
  • Negativo 16%
  • Neutral 6,0%

Comunidad

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Características

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Género

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Reseñas

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2 reseñas

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  • Luzia

    Recuerdo una mañana que no se puede precisar, en los primeros días de junio de 1988, cuando tenía solo diez años. Estaba sentado en un autobús que se dirigía a un campamento de verano, mientras el bullicio y la alegría de los otros niños me parecían lejanos. La melodía de ‘Tomorrow People’ de Ziggy Marley resonaba en el aire, y me sorprendí pensando que si ese autobús tuviera un accidente y todos muriéramos, no me importaría en absoluto. Este pensamiento ha permanecido en mi memoria, ya que a medida que crecí, me asombraba recordar que lo había tenido a tan corta edad, lo que reflejaba no una madurez especial, sino más bien el trastorno que más tarde influiría en mi vida y que en ese momento solo me causaba momentos de rareza. La fragancia Bascule de Sarah Baker evoca ese recuerdo y otros de aquel verano lejano, pues su aroma es idéntico al de la antigua masía de piedra que se había convertido en un refugio veraniego para niños, escondida entre la exuberante vegetación del norte de Cataluña, donde el autobús hizo una parada. Recuerdo que todos los niños bajamos de un salto y corrimos hacia el comedor, que en realidad servía para muchas cosas: sala de juegos, reuniones, cuentacuentos, ya que la masía solo tenía esa sala. Después de llenar nuestros estómagos, dejamos nuestras mochilas al lado de las literas que nos habían asignado en el dormitorio, aunque esa parte no la recuerdo con claridad. Lo que sí recuerdo es que por la tarde jugamos al escondite, me caí y me lastimé la rodilla; mientras me atendían en un lugar preparado para eso, comprendí por primera vez que extrañaba a mis padres y deseaba regresar a casa. Por supuesto, no era posible, así que decidí caminar por los alrededores de la masía al caer la tarde, con el sol aún brillando, para dar rienda suelta a mi tristeza. En ese momento, se me acercaron dos niños y empezaron a hablar conmigo: –¿Cómo te llamas? ¿No sientes ganas de ver a tus padres? Desde entonces, se convirtieron en mis mejores amigos en aquel campamento. El mayor de ellos, alto y delgado con el pelo rubio y rizado, era apodado ‘el Lechuga’ por razones que nunca entendí, pero su apodo me pareció adecuado desde el principio. Su primo, más bajo y robusto, con piel aceitunada y pelo rizado moreno, era conocido como ‘el Moro’. En cuanto a mí, no tuve apodo hasta que un par de niños me reconocieron por haber aparecido en un programa infantil bailando una coreografía que inventé para la canción ‘Boys Do Fall in Love’ de Robin Gibb, lo que ya me había valido algunas burlas en la escuela al día siguiente de su emisión. Así que, en la masía, todos me llamaron ‘el Bailarín’. Por lo tanto, siempre estábamos juntos: el Lechuga, el Moro y el Bailarín, un trío de inadaptados que rechazaba la idea del campamento. Pasábamos el tiempo hablando sobre cómo lograr que nos devolvieran a casa, como lanzándonos desde un muro de piedra hacia un pequeño campo de césped que hacíamos de fútbol: si tenías suerte, te rompías un brazo y tus padres venían a buscarte; sobre Samantha Fox y lo atractiva que era, un tema que realmente nos unía a los tres y que hacía que cualquier ocasión fuera buena para cantar su éxito ‘Nothing’s gonna stop me now’; y sobre las chicas de catorce años del campamento, que eran las más grandes aparte de las monitoras y a las que veíamos como diosas, cada una con sus propias virtudes que imaginábamos combinando para alcanzar la belleza perfecta: la cara de Eva y el trasero de Rosa, por ejemplo. Así, Bascule tiene matices de esas mañanas caminando por los alrededores de la masía, ese aroma de césped matutino bañado por el sol, así como el olor de heno que llegaba con el viento por la tarde, un aroma vibrante de naturaleza veraniega. Ese aroma de las mañanas me inspiraba mientras deambulaba por los terrenos, buscando un momento de soledad para reflexionar sobre mi deseo de regresar a casa; un aroma sinfónico, vivo, que no estaba contaminado por olores desagradables como los de mi barrio. Un día, mientras estaba triste, se me acercó una niña mayor, que nunca mencionábamos porque era un poco rellenita y no muy agraciada, y se atrevió a hablarme: –Sé que estás triste y quieres volver a casa, pero no puedes pasar los días como un alcachofa –lo dijo así, literalmente. ¿Por qué no te diviertes y juegas un rato? El tiempo se pasará más rápido. Esa niña me dio una lección rápida sobre empatía y humanidad, mostrándome que el espíritu humano siempre puede ser hermoso y brillante, y aunque no sé si aún se acuerda de mí, siempre le estaré agradecido. Sin embargo, también conocí a su opuesto: una niña un par de años mayor, con ojos azules y cabello largo y oscuro, que nunca perdía la oportunidad de acercarse a mí con una expresión de ira, a veces dándome algún golpe, y diciéndome: –Llorón, eres un llorón. Qué niño más tonto, por Dios. Vete a casa y déjanos en paz. No entendía por qué esa niña me despreciaba, pero no me atrevía a confrontarla y huía cada vez que la veía. Bascule de Sarah Baker es un perfume, al menos, controvertido. Solo he comentado sus aspectos más luminosos, pero esta fragancia encierra más misterios, algunos de los cuales no son aptos para todos. Cuando pienso en ella y la disfruto, lo que más me viene a la mente es esa sensación de hierba y césped húmedo, aunque mentiría si no mencionara que también hay matices menos agradables, de animales al aire libre, esos vientos que, mientras jugabas un partido de fútbol, te traían el olor característico del estiércol; las áreas brumosas donde penetrábamos por las noches, guiados por un monitor, buscando insectos que se confundían con los tallos, y las flores blancas y amarillas que se abrían, narcóticas, bajo la libertad de las estrellas; y los secretos que se guardaban en el dormitorio de los mayores, los de catorce años, donde cada noche, según contó el Lechuga a una monitora para escandalizarla, llevaban a cabo un ritual relacionado con penes, masturbación, sombras en la pared y talco, una combinación extraña ante la cual la monitora solo pudo decir: –Se van a hacer daño. Esta parte oscura de Bascule no será del agrado de muchos, pero fascinante para otros. A mí no me molesta ni me parece que destaque demasiado, solo es un elemento más de esa naturaleza viva que evoca la fragancia, un recuerdo más de aquellos días de campamento en el verano de 1988, en los que aprendí muchas cosas: que era bueno jugando a las damas, que un saco de dormir huele a estar lejos de casa, que tener a un niño que se orinaba en el colchón cerca de tu litera era mala suerte; que nunca me había preocupado por limpiarme el ombligo, como me señaló un chico cuando nos pusieron en fila en bañador para darnos una manguera (“lo tienes lleno de caca”); y que si escondías la enorme bolsa de Sugus que tu madre te dio para hacer los días más llevaderos, tarde o temprano alguien descubriría dónde la guardabas y te la robaría. Es imposible no recordar esas tardes frente al televisor en la sala de juegos, donde pasaban los partidos de la Eurocopa. Yo apoyaba a la Unión Soviética solo porque me impresionaba su portero, Dasaev, y sus paradas imposibles. Fueron a la final contra Holanda. Estaba seguro de que Dasaev y su equipo ganarían, pero mi padre, en una llamada telefónica, arruinó mi ilusión: –Les van a dar una paliza. Y así fue. La magia del portero soviético no pudo hacer nada contra Gullit y Van Basten en esa tarde de la final en la sala de juegos. Pero no importa demasiado, lo que realmente cuenta es que, como cada día a esa hora, el aroma verde y soleado del exterior comenzaba a mezclarse con olores húmedos y terrosos que anticipaban la llegada de la noche. Un monitor volvía a poner la canción que parecía amar, ‘Crime of Passion’ de Mike Oldfield, que me encantaba y que encajaba perfectamente con esa naturaleza donde las sombras se alargaban. Cuando las nubes anunciaban lluvia, me sentía triste, porque eso significaba que nos encerrarían en la masía, así que trataba de evitarlo con un código mágico que solo yo conocía: seguir con los dedos, sin equivocarme, el ritmo de ‘Shunshine’ de los Beach Boys. Si lo hacía bien, las nubes se disipaban y el sol regresaba, pero si no, la lluvia caía sin remedio. Algo de eso, de esa repetición que marca el paso de los días, también se encuentra en Bascule, que se despliega de manera serena pero perceptible y persiste a lo largo de las horas, una bendición si lo disfrutas, como es mi caso. La noche anterior a regresar a casa, hubo mucha actividad alrededor de la masía. Un grupo de niños y niñas jugamos a ‘Conejo de la Suerte’: formamos un círculo, cantamos una canción mientras chocábamos las palmas con la persona a nuestro lado, y cuando la canción y las palmas terminaban, la persona a la que le tocaba debía darle un beso a quien más le gustara. A la niña que solía atormentarme le tocó, y yo fui el niño a quien decidió besar. Justo después de hacerlo, su expresión de ira se transformó en otra que no supe interpretar, pero que incluía vergüenza y algo que parecía querer decir sin palabras. El Lechuga y el Moro comenzaron a hacer gestos que me impidieron entender lo que acababa de suceder. Pero al día siguiente, mis padres vinieron a buscarme, y mientras caminaba hacia el coche, se formó un partido de fútbol; el Lechuga era el portero, y la pelota se dirigía hacia su portería. Decidí intervenir y desviarla con una patada traicionera, ganándome el odio de la mitad del campamento. Suerte que ya me iba. Fue mi último homenaje a mis dos amigos y compañeros de penas, el Lechuga y el Moro, con quienes, ya de regreso en la ciudad, apenas intercambié un par de conversaciones telefónicas antes de que se desvanecieran en sus vidas, y mi única forma de volver a encontrarlos fue evocarlos en mis recuerdos. Recientemente asistí a un evento donde Sarah Baker presentaba su nuevo perfume, Peach’s Revenge. Tuve la oportunidad de conocerla. Es una persona muy amable y humilde, de trato sencillo, y por un momento pensé en compartir con ella lo que Bascule significa para mí, por qué adoro esa fragancia y lo que me hace sentir. Pero cuando la tuve frente a mí, sonriendo, con sus ojos azules mirándome, solo pude decirle: –¿Puedo tomarme una foto contigo?

  • Una mañana de junio de 1988, a los diez años en un autobús hacia el campamento, escuchaba ‘Tomorrow People’ de Ziggy Marley y pensé que si nos chocábamos, no me importaría morir. Ese pensamiento, lejos de la melancolía, fue un destello del trastorno que luego definiría mi vida. Bascule de Sarah Baker revive esa masía de piedra en el norte de Cataluña: huele a piedra antigua, a comedor polivalente y a dormitorio con literas. Recuerdo la tarde jugando al pillapilla, cayéndome y sangrando la rodilla; por primera vez, eché de menos a mis padres. Caminaba por la finca con el sol cayendo y dos niños me hablaron: el Lechuga, alto y seco, y el Moro, bajito y moreno. Yo era el Bailarín, así me llamaban por un baile robótico que hice en la tele. Éramos un trío de renegados: planeábamos escaparnos rompiéndonos el brazo, cantábamos a Samantha Fox y soñábamos con las chicas de catorce años como diosas. Bascule tiene ese olor a césped matutino y heno de la tarde, vivo y natural, sin los olores a gasolina o jeringuillas de mi barrio. Una chica gordita y fea me dijo que no me pasara los días hecho una alcachofa y que jugara; me dio una lección de humanidad que guardaré para siempre. Pero también hubo la niña de ojos azules que me llamaba ‘llorica’ y me daba collejas. Bascule es controvertida: huele a pasto húmedo, pero también a estiércol de caballo y a la búsqueda nocturna de bichos palito con linterna. Hay un ritual oscuro en el dormitorio de los mayores con polvos de talco y juegos de sombras que la monitora reprendió. A mí no me molesta, es parte de esa naturaleza viva. Aprendí que el saco de dormir huele a fuera de casa, que tener cerca a un niño que se moja en el colchón es mala suerte, que no limpiarse el ombligo es vergonzoso y que los caramelos de Sugus siempre los roban. Recordamos las tardes viendo la Eurocopa, convencidos de que Dasaev ganaría contra Holanda, pero mi padre dijo que ‘les van a dar para el pelo’ y así fue, con Gullit y Van Basten. Por la noche, el monitor ponía ‘Crime of Passion’ de Mike Oldfield. Cuando amenazaba lluvia, usaba un código mágico con ‘Shunshine’ de los Beach Boys para que el sol volviera. Bascule se despliega serena y persiste como esas tardes. La noche antes de irnos, jugamos al Conejo de la Suerte; la niña que me atormentaba me tocó besar a quien más le gustara. Me besó, su cara de ira se transformó en vergüenza y el Lechuga y el Moro hicieron aspavientos simiescos. Al día siguiente, mis padres vinieron a buscarme. Caminando hacia el coche, jugábamos al fútbol y el Lechuga era portero; desvié la pelota con una patada traidora y me gané los insultos de todos, pero ya me iba. Fue mi último homenaje a mis amigos, con los que luego solo hablamos por teléfono hasta perderse. Hace poco conocí a Sarah Baker en el evento de Peach’s Revenge. Era humilde y guapa, con ojos azules, y solo pude decirle: ‘¿Me puedes hacer una foto?’